Vicaría de DD.HH de Caracas
Nuestra sociedad cada día es más compleja, pensábamos que
los cambios prometidos iban a ayudarnos a generar mayor humanización a la
sociedad y a las instituciones, pero no ha sido así, las estadísticas de
muertes y de violencia generalizada indican otra cosa, podemos buscar muchas
justificaciones hasta llegar a decir que esta situación es efecto de la
realidad que se vive en el mundo entero, pero nada puede justificar la muerte
de inocentes y el resquebrajamiento de la dignidad humana, de sus derechos inalienables
como la vida, la libertad, la paz. Somos un país democrático que anida en su
corazón una constitución plena de buenos deseos para la convivencia humana,
pero poco ejercida en sus núcleos fundamentales.
Ciertamente nos encontramos en un contexto histórico de
deshumanización, oportuno para volver a recordar y renovar nuestras opciones
ante la promoción, dignidad y defensa de la vida, la libertad, la paz, la
justicia, que nos lleva responsablemente a un compromiso por la promoción y
protección integral de los derechos humanos.
Dignidad que implica respeto a sí mismo como a los otros,
por el reconocimiento que toda persona posee características que la elevan por
encima de los otros seres. La dignidad humana es el más alto reconocimiento que
persona alguna pueda tener, de allí parte el orden social, porque ninguna ley u
ordenamiento jurídico provee a la persona de dignidad, sino que la reconoce y
promueve.
Sentir la grandeza del ser humano en sí mismo, provoca la
animación de su defensa y promoción, pero esto lleva un orden y un método, y no
se puede hacer de cualquier forma, se hace desde los aspectos que la ciencias
sociales y jurídicas nos indican. Quienes asumen este desafío son conscientes
de lo que ello representa y corren el riesgo de ser mal interpretados,
perseguidos e injuriados, sabiendo que estamos en una sociedad donde la
impunidad está a la orden del día y donde los procesos, sean cuales sean, no
caminan por las veredas naturales.
Es necesario reconocer la labor que realizan los defensores
y defensoras de los Derechos Humanos en nuestro país, principalmente en la
protección de personas o de grupos de personas que se les hayan violentado sus
derechos humanos, de la denuncia pública de las injusticias que afectan a la
sociedad y el control ciudadano que ejercen sobre los funcionario públicos y
las instituciones democráticas. Ninguna de estas tareas es fácil en medio de la
realidad de violencia que vive nuestro país. Los hechos corroboran esto: 76
casos que afectan a 92 víctimas en el año 2011, según el Informe de la Vicaría
sobre la Situación de los Defensores/as de DD.HH, dicen mucho de lo que sucede
en nuestro país. Se violan los derechos humanos no sólo a las víctimas, sino
también a sus defensores, que nos indica el enraizamiento de las injusticias
que hacen menos eficientes los valores democráticos de nuestro pueblo. Esto es
totalmente contradictorio para una democracia, porque el respeto a los derechos
humanos es elemento esencial para la existencia de la misma.
Los defensores y defensoras de los derechos humanos son
personas que tienen dignidad en sí mismas, que son merecedoras de respeto no
sólo por ser ciudadanos, sino también por realizar una labor a favor de otros,
conocidos o desconocidos, sin mirar su condición. Involucrarse con la historia
de vida de otro ser humano o grupo de seres humanos, desde una perspectiva que
va más allá de la filantropía para internarse en el mundo de los valores, de la
conciencia, de la ética, de la responsabilidad, es una labor loable y digna de
admiración. Los derechos y la ley están de esta manera al servicio de otros.
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